Teoría de los Actos Propios

Con frecuencia, cuando una entidad financiera es demandada ante los Tribunales, utiliza una línea de defensa en contra de su propio cliente a la que denomina Teoría de los Actos Propios. Ahora bien, ¿qué significa esta teoría y qué consecuencias acarrea de cara a un procedimiento judicial?

La llamada “Teoría de los Actos Propios” encuentra su base legal en el artículo 7.1 del Código Civil y su máxima es la de promover la buena fe en el ejercicio de un derecho o, dicho en palabras de nuestro Tribunal Supremo, “evitar desconcertar a terceros en actos futuros contraviniendo los mismos con otros anteriores”.

Esta teoría haya su razón y fundamento en dotar de seguridad jurídica a los distintos actos y negocios jurídicos que se desarrollen dentro de la normativa en relación con la buena predisposición e intención de los firmantes.

Entonces, ¿cómo utilizan las entidades financieras esta teoría para fijar una estrategia defensa cuando sus clientes pretenden la nulidad de un producto financiero?

El argumento de los Bancos es el siguiente: si el cliente no ha mostrado descontento en el momento de la contratación del producto ni tampoco lo ha hecho mientras que el contrato estaba vivo, tampoco puede ahora alegar su nulidad o anulabilidad en los Tribunales.

Entonces, ¿está todo perdido? Desde luego que no. Si así fuera sería prácticamente imposible que una demanda solicitando la nulidad de un contrato fuera admitida a trámite.

Nuestra jurisprudencia se ha pronunciado en este último sentido, afirmando que no denunciar el perjuicio que ocasiona la contratación de un producto financiero hasta que se observan los primeros quiebros patrimoniales, no supone una vulneración de la teoría de los actos propios, sino que la misma no es de aplicación por una sencilla razón: si no existe un acto previo, porque este es nulo desde el inicio, tampoco puede existir un segundo acto que permita compararlo con el anterior.

En otras palabras, si el cliente no conoce el acto/negocio y sus consecuencias tampoco puede denunciarlo y, por tanto, no puede contravenir su acto anterior porque es inexistente.

En definitiva, el silencio del cliente frente a la entidad financiera no puede definirse como un acto confirmatorio del consentimiento que se dio en el momento de la firma del contrato, ya que ab initio éste está viciado por la falta de conocimiento y comprensión del producto financiero suscrito y por tanto no impide que el cliente, desconocedor de la verdadera naturaleza y efectos del producto, pueda denunciar la nulidad del producto y, por ende, logre eliminar el perjuicio económico que dicho contrato provoca en su patrimonio.

Loleta Linares

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